Estados Unidos es una potencia que presenta dos rostros, el que se ve desde afuera y el que perciben sus ciudadanos. Ambos son más diferentes de lo que parecen, realidad que suele olvidarse al analizar sus ciclos políticos. Vistos desde acá, los resultados de las recientes elecciones parecen una derrota para la forma en que el Presidente Trump se relaciona con el mundo: decisiones unilaterales respaldadas en la fuerza, un concepto de soberanía que mira al propio interés como regla superior y descarnada de imponer sus términos, pero fundamentalmente un tipo de relación con quienes debieran ser sus aliados que recuerda la llamada “pax romana”. Desde luego, sería una buena noticia que los norteamericanos hubieran rechazado esa manera de ejercer su influencia en el campo internacional, pero probablemente eso tuvo poco que ver con la motivación consciente de los electores. Indirectamente sí, porque la guerra con Irán o los aranceles que decidió imponerle al mundo, en esa ceremonia extravagante que llamó “el día de la liberación”, afectaron el costo de la vida, provocaron un alza enorme de los combustibles -acá lo llamamos “bencinazo”- y dieron por el suelo con la promesa de que América sería grande nuevamente. La anhelada industrialización no se produjo y el norteamericano promedio, de eso que conocemos como la América profunda, solo sabe que no está mejor e intuye que ningún país es más grande si sus habitantes viven peor. Es evidente que el carácter del gobernante también tuvo un efecto, porque privilegió candidatos menos competitivos y su manera de tomar el control del Partido Republicano solo lo ha debilitado, efecto que tardará buen tiempo en revertirse. Eso también favoreció la caída. Mal que nos pese, el elector promedio no anhela el retorno del estilo Obama, ni el discurso de una superpotencia que promovía un orden mundial basado en la libertad de comercio y las reglas. Sus anhelos son más modestos: llenar el estanque de su camioneta con motor V8 y comprar en el supermercado sin tener que restringirse. Eso del “nuevo orden mundial” no está en su mente, ni la intervención en América Latina, ni el abandono de la OTAN. Esa es la cara externa, lejana y oculta para los votantes. La importancia de todo esto es que sería un error caer en sobreinterpretaciones de estas elecciones. Trump puede ser un paréntesis, pero la manera en que Estados Unidos se relaciona con el mundo, el cambio de sus objetivos geopolíticos, el control sobre su área de influencia -es decir, nosotros- es un cambio de largo plazo al que tenemos que habituarnos y con el que tendremos que lidiar con habilidad y la cabeza fría. Se intuye en ciertos comentarios un diagnóstico que, dicho en simple, es algo así como que el troglodita fue derrotado y vuelven los políticos sofisticados, más bien de izquierda, educados en Harvard. No es eso, ni de cerca y solo con las expectativas correctas podemos esperar en el futuro, incluso después de Trump, una relación razonable con la primera potencia mundial. Por Gonzalo Cordero, abogado
LA TERCERA
Elecciones en Estados Unidos
Elecciones en Estados Unidos