Las calles de Europa están enviando una señal que las estadísticas tradicionales no siempre capturan a tiempo. En Francia, Italia y España, las protestas han mezclado demandas por salarios, vivienda, servicios públicos y costo de la vida. En España, el salario mínimo mensual ronda los 1.221 euros, mientras el arriendo de un departamento de 80 m² promedia cerca de 1.130 euros. En Italia, la inflación llegó a 4,2% en septiembre, por sobre el 3,8% de la eurozona. No es extraño que, detrás de cifras macroeconómicas aparentemente manejables, exista una percepción mucho menos confortable de la realidad. Incluso el promedio puede engañar: la satisfacción con la vida en la Unión Europea alcanzó 7,2 sobre 10 en 2025. Una media razonable puede convivir con grupos que enfrentan una presión económica y social muy distinta.
Hace diecisiete años, la Comisión Stiglitz-Sen-Fitoussi advirtió precisamente sobre este problema: lo que medimos condiciona lo que hacemos. El PIB es indispensable para conocer cuánto produce una economía, pero es insuficiente para saber cómo viven sus habitantes. El informe llamó a complementar las variables objetivas con medidas de satisfacción con la vida, emociones y prioridades, e incluso recomendó que las oficinas estadísticas incorporaran estas preguntas de manera regular. Más importante aún, sugirió desarrollar estudios longitudinales, capaces de seguir a las mismas personas en el tiempo.
Buena parte del mundo desarrollado tomó nota. El Reino Unido incorporó desde 2011 cuatro preguntas de bienestar personal a su Annual Population Survey y hoy monitorea satisfacción con la vida, sentido de propósito, felicidad y ansiedad. Eurostat construyó un marco de calidad de vida de “8+1” dimensiones e incorpora satisfacción vital en EU-SILC (European Union Statistics on Income and Living Conditions). La OCDE lanzó en 2011 su Better Life Initiative y Nueva Zelanda utiliza su Living Standards Framework para evaluar políticas considerando distribución, resiliencia, productividad y sostenibilidad. El mensaje es claro: crecer importa, pero también importa saber quién se beneficia, quién queda atrás y cómo las personas experimentan ese crecimiento.
Chile ha avanzado. La Encuesta de Bienestar Social, aplicada en 2021, 2023 y 2025, mide once dimensiones y recoge explícitamente bienestar subjetivo. En 2025, un 82% declaró estar satisfecho con su vida, pero entre el quintil de menores ingresos la cifra fue 77%, frente a 87% en el quintil superior. La EBS profundiza además en evaluación de la vida, afectos y eudaimonía. Es un paso relevante, pero todavía observamos principalmente fotografías sucesivas de la población.
El siguiente salto debiera ser longitudinal y de largo plazo: seguir a las mismas personas y conocer cómo un despido, una enfermedad, el aumento del arriendo, el miedo al delito o una política pública cambian su bienestar. Eso permitiría distinguir correlaciones de trayectorias y acercarnos mejor a efectos causales.
Europa recuerda hoy una lección incómoda: una economía puede mostrar cifras razonables y, al mismo tiempo, acumular malestar. Medir ese malestar no sustituye al PIB, al empleo o a la inflación. Los complementa. Porque cuando las estadísticas oficiales y la experiencia cotidiana se separan demasiado, la política suele enterarse tarde: cuando el descontento ya está en la calle.
Por Natalia Bernal, Académica Facultad de Negocios y Tecnologías Universidad Gabriela Mistral, y Rodrigo Montero, Decano Facultad de Administración y Negocios, Universidad Autónoma de Chile
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