No sirve que la economía produzca miles de vacantes para ingenieros en IA, analistas de datos o especialistas en ciberseguridad, si la persona que perdió su empleo trabajaba en una línea de ensamblaje, en la contabilidad tradicional o en la caja de un supermercado.
Chile, hace décadas, vive una encrucijada frente a su desarrollo. Una de sus causas más críticas es que la velocidad del acontecer social supera la capacidad de regular con solo leyes y decretos, o bien, con planes de emergencia. Más aún con el acelerador del cambio tecnológico y, ahora, de la IA. Esta realidad, el país tiene que asumirla por encima del debate ideológico entre quienes gobiernan y quienes pretenden hacerlo.
Un ejemplo de este fenómeno es el desempleo de 10% que revienta en estos últimos meses como la expresión de una de las crisis que nos viene acompañando y nos acompañará por mucho tiempo. Observemos el por qué la propuesta gubernamental “Chile Despega” con la creación de 100 mil empleos en obras públicas no sólo resulta insuficiente, sino que tampoco resuelve el problema de quienes perdieron su trabajo ni de los y las jóvenes que lo buscan y no lo encuentran.
La doctrina neoliberal que reina en el país hace 50 años, reza -y en los últimos 7 meses como un “dogma de fe”- que la inversión genera crecimiento y que el crecimiento genera empleo y mejores remuneraciones. Sin embargo, el gobierno de JAK no repara que aquel dogma, primero, no es infalible y, segundo, que está quedando obsoleto.
Por una parte, la demanda de cualquier inversionista es: “¿Cómo me garantiza el Estado la estabilidad social y política por, a lo menos, el tiempo que necesito para recuperar el capital que invertí?” Y la pregunta no es baladí, porque sabemos que la iniciativa privada por sí misma no es capaz de generarla ni de sostenerla. Luego, la que viene es: ¿Con qué recursos el Estado la podría garantizar? No parece que sea bajándole los impuestos a las grandes empresas y a los más ricos, sino más bien, subiéndoselos.
Suena, pues, a “contradicción vital” que se le requiera al Estado “producir” la estabilidad social y política, o sea, la paz social, con el objeto de que la iniciativa privada invierta tranquila y, en paralelo, se presione por su “achicamiento” incluidas la rebaja del gasto social en educación, capacitación, salud, vivienda, cultura y ciencia.
Por otra parte, en el mundo de hoy, la inversión y el crecimiento se sustentan en el desarrollo de más y más tecnologías, las que, si bien destruyen empleos, por un lado, y crean, por el otro, conducen a una ecuación que no se resuelve “automáticamente”.
En efecto, la tecnología destruye puestos y engendra otros, pero no existe “un match” entre los empleos que se pierden y las habilidades que éstos exigen para que sean desempeñados por quienes quedaron cesantes. Tampoco para muchos de los y las que buscan trabajo por primera vez.
Tampoco sirve que, dada la orientación mercantilizada de la educación, egresen de carreras técnicas y profesionales, miles de jóvenes que se frustran al no encontrar el trabajo para el que se prepararon e ilusionaron quedando inactivos o conduciendo un Uber para sobrevivir.
Estas brechas sólo se resuelven con la reconversión de los desempleados. Y eso toma un tiempo que compite con la velocidad del cambio y, además, exige recursos. Y, mientras ello ocurre, la escasez de habilidades o de “talento técnico” es uno de los mayores frenos para el desarrollo y crecimiento de las propias empresas, lo que demuestra que la carencia no es solo “de capital”, sino que también “de conocimiento”.
Por eso, organismos internacionales -entre ellos- el Foro Económico Mundial, la OCDE y la OIT abordan esta realidad a través de “métricas de reconversión y obsolescencia de habilidades”. Entonces, más que medir cuantas veces una persona cambia de actividad (no de un trabajo a otro), tienden a calcular cuánto tiempo dura el conocimiento técnico antes de quedar obsoleto.
Hoy día, esos estudios estiman que la duración media de las habilidades técnicas es aproximadamente de 5 años y en sectores de tecnologías avanzadas es menor. Esto implica que, para “mantenerse vigente” durante una trayectoria laboral de 40 años, una persona debe reinventar “su carpeta de competencias” entre 4 a 6 veces a lo largo de su vida, transitando hacia nuevas actividades dentro de un mismo campo o en industrias completamente distintas.
La velocidad del avance científico y tecnológico plantea, pues, en materia de estabilidad y/o flexibilidad en el empleo, un nuevo paradigma que desafía al Estado a: Uno) rediseñar e invertir en políticas de reconversión continua de trabajadores/as por sobre la mera “acumulación de capital”. Y Dos) reforzar -con financiamiento público o tripartito- los mecanismos de protección social y apoyo económico a los trabajadores durante sus periodos de reconversión laboral.
Es evidente la necesidad de que los trabajadores perciban un ingreso para subsistir con tranquilidad mientras están en procesos de reconversión. Sea mediante subsidios condicionados a cursar capacitaciones certificadas; cuentas individuales de aprendizaje con fondos financiados por el Estado, empresas y trabajadores (como existen en Francia), o bien, empleos públicos transitorios o salarios de transición con tiempo parcial que posibiliten estudiar y mantener ingresos estables y no mensualmente decrecientes.
Enfrentamos un “desafío país”, sobre todo ante posturas ortodoxas, porque se requiere contar con presupuestos públicos -o público privados- importantes que, de no tenerlos, a largo plazo, el costo terminará siendo mayor debido a la inestabilidad social y política que se va incubando, al empobrecimiento de las personas y a la pérdida del tejido democrático.
Reflexionar sobre estas ideas en el mundo laboral, empresarial, académico y político es más que una necesidad, porque no habrá crecimiento sin inversión en competencias para los empleos requeridos. Tampoco, empleo productivo.
Con el plan “Chile Despega” sólo habrá “puestos de trabajo” en obras públicas para un “Chile Sin Pega” lo que, tal vez, evitará que no se dispare el índice de cesantía muy por sobre los dos dígitos.
