Poder permitirse dos pilotos de primer nivel es un lujo que los grandes equipos pueden darse. Pero es un lujo que exige un liderazgo fuerte y, sobre todo, dos profesionales capaces de comprender que los intereses personales no siempre pueden prevalecer sobre los del equipo. No significa impedir que los pilotos compitan, ni exigirles que renuncien a sus propias ambiciones.

Significa, sencillamente, tener el sentido común necesario para entender cuándo merece la pena librar una batalla y cuándo, por el contrario, esta corre el riesgo de convertirse en un perjuicio colectivo.

Eso es precisamente lo que le ocurrió a Ferrari en el Gran Premio de México. Una carrera que podría haber supuesto la culminación de un excelente trabajo técnico terminó con un segundo y un cuarto puesto. Un resultado que, en otras circunstancias, habría sido recibido positivamente, pero que en el Hermanos Rodríguez dejó un sabor a oportunidad desperdiciada.

El SF-26 tenía ritmo para ganar, como demostraron la pole position y la competitividad exhibida durante la carrera. El doblete no estaba garantizado, pero sin duda estaba al alcance.

Entonces llegaron las primeras curvas. Charles Leclerc y Lewis Hamilton protagonizaron una lucha cuerpo a cuerpo que abrió la puerta a Max Verstappen, convirtiendo una situación extremadamente favorable en una carrera cuesta arriba. Las responsabilidades no son necesariamente las mismas para ambos, y Charles podría haber gestionado de otra manera una fase en la que Ferrari tenía mucho más que perder que ganar.

La cuestión no es discutir el derecho de Leclerc a intentar ganar. Es legítimo que un piloto busque aprovechar cualquier oportunidad, especialmente cuando sabe lo difícil que resulta adelantar en México. Pero existe una diferencia entre agresividad y oportunismo, entre aprovechar una ocasión y poner en peligro un resultado importante para todo el equipo.

Después de saltarse la curva 4 y pasar por la hierba del interior, Charles mantuvo la posición, dejando de hecho la decisión en manos de los comisarios. Una elección que le costó una penalización de cinco segundos y que complicó todavía más el balance de Ferrari.

Leclerc ofreció una versión diferente a la de su compañero. Recordó que ambos se pasaron de frenada en la curva 4 y que la presencia de Verstappen dificultaba determinar qué posición debía devolver, en caso de tener que hacerlo. También aseguró que esperaba una lucha por el liderato y que no consideraba lo sucedido un incidente especialmente grave. Sin embargo, la frenada de la curva 4 fue un intento desesperado (Leclerc nunca habría conseguido tomar la curva teniendo en cuenta el punto en el que empezó a frenar), cuando todavía quedaba toda la carrera por delante.

Hamilton, por el contrario, no ocultó su enfado. "Teníamos coche para acabar fácilmente primero y segundo, pero prácticamente le hemos regalado la carrera a Max". Todavía más contundente fue su valoración sobre la actitud de Leclerc: "No creo que sea una cuestión de edad, sino de mentalidad. Es como decir: o gano yo o no gana nadie. No debería ser así".

Son palabras muy duras que, naturalmente, representan el punto de vista de Lewis. Pero contienen una reflexión difícil de rebatir: cada decisión que se toma en pista tiene consecuencias sobre el trabajo de dos mil personas. Y cuando un equipo no está luchando por el título mundial, sino intentando consolidar su crecimiento técnico y deportivo, una victoria puede tener un valor que va mucho más allá de los puntos conseguidos.

Foto di: Michael Potts / LAT images via Getty Images

Aquí es donde entra en juego Frédéric Vasseur. El jefe de equipo no buscó excusas, aunque reconoció que las características del circuito mexicano favorecen este tipo de situaciones polémicas. "No puede ser una excusa", puntualizó. Después llevó el debate al terreno del respeto. "Los pilotos no trabajan para sí mismos. Trabajan para un grupo, para nuestros socios y para las dos mil personas de Ferrari. Cuando tuvimos que acelerar el desarrollo de las actualizaciones, había personas trabajando día y noche. Debemos tenerlo presente".

Vasseur recordó que los pilotos no son simplemente dos campeones llamados a conseguir resultados individuales, sino los representantes de una organización que invierte enormes recursos para ponerlos en condiciones de ganar. Y precisamente por eso, respetar los intereses colectivos no puede ser algo opcional.

Hay otro elemento significativo. Según Vasseur, antes de la carrera ya se había acordado que los pilotos debían gestionar por sí mismos la posible devolución de una posición ganada de manera irregular. Por tanto, no era necesario esperar obligatoriamente una indicación desde el muro. Leclerc explicó que había pedido aclaraciones al equipo, pero la postura del jefe de Ferrari deja entrever que al menos una parte de la responsabilidad de tomar esa decisión correspondía directamente a quien estaba al volante.

Hamilton pidió mantener una conversación en profundidad sobre lo sucedido, recordando que la cuestión de las reglas de enfrentamiento ya había surgido anteriormente. "Si no se toman medidas, seguirá ocurriendo", advirtió. Vasseur, por su parte, evitó señalar públicamente a los responsables definitivos antes de hablar con ambos pilotos. Una prudencia comprensible, pero que deberá ir acompañada de decisiones claras.

Ferrari no necesita convertir a Leclerc y Hamilton en dos pilotos dispuestos a dejarse pasar mutuamente. Sería contrario a su naturaleza y a su trayectoria. Lo que sí necesita es establecer un límite preciso entre la libertad para competir y la obligación de proteger el resultado del equipo. Reglas claras y medidas serias para quienes no las respeten.

La paradoja de México es que Ferrari demostró haber dado un importante paso adelante, confirmando que tenía rendimiento suficiente para ganar, pero no consiguió recoger los frutos de ese progreso. El trabajo realizado en Maranello funcionó. Lo que faltó, en el momento decisivo, fue la contribución de los pilotos, especialmente (en este caso) la de Leclerc.

Tener dos campeones representa una gran oportunidad. Pero su valor añadido también se mide por su capacidad para reconocer cuándo los intereses de Ferrari deben estar por encima de los personales. Y garantizar que eso suceda es una responsabilidad que corresponde tanto a los pilotos como a quienes tienen la misión de dirigirlos.

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